La escuela de El País, ‘al patadón’

Yo cursé el máster del diario El País en 2005. Soy deudor de esa maravillosa escuela en la que hice muy buenos amigos y aprendí todo lo que sé de periodismo. Fue un año fascinante de trabajo intenso, codo a codo con compañeros que, como yo, vivían la profesión casi con ansiedad, y con el prudente orgullo de sabernos alumnos de una de las mejores escuelas de periodismo del país.

Se trata de un curso vocacional, sin duda, y de una escuela exigente con profesores que son magníficos profesionales del diario. Aquel año tuvimos la suerte de aprender de verdaderos maestros del oficio periodístico como Joaquín Estefanía, Miguel Ángel Bastenier, Lola Huete Machado, José Sámano o Ángel Santa Cruz, entre otros muchos. Firmas, todas ellas, consolidadas de la marca El País. De su mano, todos llegamos a vivir la profesión casi como un sacerdocio: no existían los horarios ni los domingos sin trabajo. Y desde el primer día, los alumnos estábamos en la calle buscando información, preparando entrevistas y pensando reportajes.

Aquel año tuvimos la suerte de aprender de verdaderos maestros del oficio como Joaquín Estefanía, Miguel Ángel Bastenier o José Sámano

El máster es la cantera del diario, y como tal está concebido. De hecho, varios de mis compañeros y amigos son hoy trabajadores de la redacción de El País. Se cuida al alumno y se le dan facilidades, entre otras cosas porque pronto puede formar parte del periódico. Pero siendo así. Siendo nosotros, por entonces, la cantera del periódico, ¿cómo es posible que sólo dos de las más de 40 horas de trabajo semanales fueran dedicadas a la dimensión digital del periodismo? ¿Cómo es posible que en el año 2005 finalizáramos todos el curso sin saber siquiera esbozar una web, incapaces de darle un contenido sustancial, ni usar sus herramientas, ni conocer sus atajos ni sus ventajas? Disculpen el símil, pero es como si en la Masía jugaran al patadón.

La clase de periodismo digital por entonces era la maría, la gran olvidada, la parte residual de un curso volcado en el reporterismo de calle. Ni los profesores remarcaban su importancia, ni los alumnos prestábamos atención a unas lecciones ambiguas, a unas clases de relleno que no profundizaban, que se quedaban en la superficie de algo que ni siquiera pretendíamos comprender. No nos interesaba nada. De hecho, el trabajo final del máster, ése en el que el alumno pretende demostrar todo lo que ha aprendido durante el año, consistía en elaborar un periódico, o una revista, o un programa radiofónico (cada alumno podía elegir), pero nada se decía de periodismo digital, ni de webs, ni de blogs, ni semejantes.

La clase de periodismo digital por entonces era la ‘maría’, la gran olvidada, la parte residual de un curso volcado en el reporterismo de calle

En este punto, cito al periodista Gumersindo Lafuente en la última entrevista de lacaffe: “Desde el año 2000, incluso desde antes  pero muy claramente desde 2000, ya se veían venir los cambios que se iban a producir. Lo que pasa es que entre 2000 y 2007 fueron los años en los que probablemente la prensa en España más dinero ganó en toda su historia. Entonces, es verdad que cuando los gestores de una compañía obtienen beneficios récord, siempre tienen el argumento de decir ‘por qué vamos a cambiar si estamos ganando más dinero que nunca’. La gran deuda que esos gestores tienen con el periodismo es no haberse dado cuenta de que tenían que hacer unos deberes, de que estaban pasando cosas que iban a afectar de manera radical a la estructura de sus negocios”.

Ahí está la respuesta. Efectivamente, los diarios se anclaron. Los periódicos se aferraron a sus estructuras clásicas y a la imagen del periodista con la libreta entre las manos y el bolígrafo en la oreja. Había ingresos por publicidad, y en los quioscos todavía se vendían diarios. El negocio funcionaba mejor que nunca y, pese a todos los indicios, no existía realmente una necesidad de cambio. No se miraba al futuro, se disfrutaba el presente. Y esa realidad la vivíamos nosotros en la escuela de una forma inconsciente. Nosotros éramos el porvenir de El País, y El País no nos dio las herramientas para afrontarlo. Efectivamente, jugábamos al patadón.

No se miraba al futuro, se disfrutaba el presente. Y esa realidad la vivíamos nosotros en la escuela de una forma inconsciente

Y esto no es, ni mucho menos, una crítica a los profesores, ni a la dirección, ni a la escuela, donde –repito– aprendí todo el periodismo que no me enseñaron en la Facultad de Comunicación. Es sólo una reflexión desde la base. Porque entre aquella promoción de aquel año 2005 había gente inquieta, gente preguntona, gente con muchas ganas de discutir y de trabajar y de hacer bien las cosas… pero el debate sobre el futuro de la profesión, sobre Internet y sobre el peso de las nuevas tecnologías jamás tuvo lugar en esa escuela. Y no existió porque ni siquiera en la redacción del diario existió.

Nosotros éramos alumnos de nuestros profesores y nos debíamos a la organización y parámetros creados por la escuela. Pero es evidente que las estructuras que servían para la promoción de 1996 no eran válidas para la de 2005, la nuestra. Y nadie se quiso dar cuenta.

Aún cuatro años después (diciembre de 2009), el periodista citado anteriormente, Gumersindo Lafuente, llegó a El País para comandar la llamada refundación digital del diario. Dirigió elpais.com hasta septiembre de 2012, y asegura que a su llegada encontró una redacción que todavía vivía de espaldas a su propia web. En casi tres años el cambio ha sido radical por pura necesidad. “No sólo en cuanto a diseño y arquitectura de la noticia –matiza Lafuente– sino también estableciendo la web como epicentro de la información y cambiando la forma de pensar de la redacción, incluso sus horarios de trabajo”. Actualmente, prácticamente todo lo que entra en la redacción se encauza primero en la web y luego se lleva al papel. Cambio de prioridades, restablecimiento de nuevas estructuras. Lo que veníamos hablando.

El debate sobre el futuro de la profesión, sobre Internet y sobre el peso de las nuevas tecnologías jamás tuvo lugar en esa escuela

Para la mayor parte de nosotros, alumnos incorregibles de la escuela, acabar en El País (y sus mayúsculas) era el objetivo único, y terminar en elpais.com (y sus minúsculas) era el mismísimo cadalso. Sin duda, le dábamos al papel una preponderancia de la que ya carecía. ¡Los alumnos estábamos obsoletos! Imagínense lo que eso significa. El futuro estaba obsoleto, y ni lo vimos ni nos lo hicieron ver. Han pasado siete años de aquello, y no me cabe duda de que en la escuela, como en el periódico, también habrá habido debate y cambio. En todo caso llegó tarde. Muy tarde. La reforma del orden clásico, por desgracia, se ha tenido que imponer a golpes.

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